Domingo III Tiempo de Adviento
(Ciclo A)

«LA VENIDA DEL SEÑOR ESTÁ PRÓXIMA»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   Dios se hace presente en el mundo cuando son los pequeños, los pobres y olvidados los que tiene prioridad. No hay otro criterio para discernir la llegada de los tiempos mesiánicos y la autenticidad de los enviados de Dios para anunciarlo .

   Un mundo sin esperanza

   Pérdida de horizonte, incertidumbre ante el futuro, inseguridad económica, desencanto político. Situaciones–límite que desbordan la capacidad de resistencia y llegan a suscitar el escepticismo, la duda e incluso el abandono de la fe en el Señor. El riesgo del “sálvese quien pueda”, el individualismo, la insolidaridad. Primera tarea de los cristianos: despertar la esperanza.

   – C. Peguy: “La fe es una iglesia, una catedral plantada en el suelo...La caridad es un hospital, una casa que acoge todas las miserias del mundo. Pero sin esperanza todo esto no sería más que un cementerio”

   – Pablo, a la comunidad de Tesalónica: “Tenemos presente ante nuestro Dios y Padre la obra de vuestra fe, el trabajo difícil de vuestro amor  y el aguante de la esperanza de nuestro  Señor Jesucristo” (1 Tes. 1,3).

   Isaías, Juan Bautista y Jesús, forjadores de esperanza. De tres maneras

   - percibiendo las situaciones dolorosas del presente con la mirada puesta en el futuro;
   - haciéndose solidarios con los que sufren y acompañándoles en sus esfuerzos de liberación;
   - proponiendo con convicción los motivos de una verdadera esperanza.

   Isaías tuvo que afrontar el desánimo de Israel en una situación desesperada, la de la cautividad de Babilonia. Pero percibe signos anunciadores de la presencia y de la acción transformadora de Dios: “El desierto y el yermo se regocijarán, se alegrarán el páramo y la estepa; “Ellos verán la gloria del Señor, la belleza de nuestro Dios”.

   Ante la proximidad de Dios no hay lugar para el desánimo, sino para la confianza. “Fortaleced las manos débiles, robusteced las rodillas vacilantes, decid a los cobardes de corazón: sed fuertes, no temáis. Mirad a vuestro Dios... viene en persona, resarcirá y os salvará”.

   El signo para Isaías de que el Señor ya ha comenzado a transformar el desierto es que hay quienes luchan por hacer desaparecer las situaciones opresoras de muchos enfermos, parados, emigrantes, explotados y marginados: se abren los ojos de los ciegos, se despegan los oídos de los sordos y canta la lengua de los mudos.

   Juan Bautista había anunciado la manifestación inminente del Mesías. Y ahora no sólo está entre rejas, sino que su esperanza se siente también resquebrajada y prisionera.

   Las actitudes de Jesús no encajan con la imagen justiciera que él se había forjado del Mesías: el que viene a separar el trigo de la paja, a reunir su trigo en el granero y quemar la paja en una hoguera que no se apaga. Sin embargo,  pregunta, se informa y delibera; se abre a la esperanza  y busca las razones que la consolidan. “¿Eres tú el que ha de venir o tenemos que esperar a otro?”.

   Jesús no responde directamente a la pregunta de Juan Lo hace con las palabras de Isaías mostrando el cumplimiento de las palabras y los signos manifestativos de la presencia de Dios en su persona. “Id y decid a Juan lo que veis y oís”:

   - los ciegos encuentran luz para orientarse en su camino:
   - los inválidos recuperan las fuerzas para avanzar  hacia su meta,
   - los oídos de los sordos y la lengua de los mudos se abren al diálogo y la comunicación,
   - los leprosos se integran en la comunidad, los que estaban muertos recuperan la vida, y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia.

   El tiempo de la cosecha todavía no ha llegado, pero la semilla ya ha sido arrojada y germina en silencio. Percibimos ya algunos signos de liberación, pero ¡cuánto dolor vemos todavía en la realidad de nuestro mundo!.

   Por eso, junto a la invitación a la alegría, escuchamos hoy también una exhortación a la paciencia. Pero una paciencia activa y militante “El labrador aguarda paciente el fruto valioso de la tierra, mientras recibe la lluvia temprana y tardía...”., la del que lucha por acelerar la implantación definitiva del Reino de Dios.

   Entre la primera y la segunda venida del Señor, está el tiempo de la espera. “Tened paciencia también vosotros, manteneos firmes, porque la venida del Señor está cerca”.

 

«Dichoso el que no se escandalice de mí»
(D. José Antonio Omist López)

   Tras hablar —los domingos anteriores— de la necesidad de vigilar para descubrir la importancia del momento que vivimos y la urgencia de volver el corazón a Dios, la liturgia nos recuerda la necesidad de ofrecer signos que acompañan a la conversión y, por ello, a la salvación. Éstos son siempre signos de liberación. Jesús —en la respuesta que da a Juan— hace referencia a diversos textos de Isaías de contenido similar a la profecía que se aplicó a sí mismo en Nazaret: los ciegos ven y los cojos andan; los leprosos quedan limpios y los sordos oyen; los muertos resucitan y se anuncia la Buena Noticia a los pobres.

   Decía Martín Buber que vivimos un eclipse cultural de Dios —no un ocaso—, un oscurecimiento de la luz del cielo porque impide que llegue a nosotros. Es como si el mundo quisiera vivir ajeno a lo divino, de espaldas a la transcendencia, en una especie de alejamiento de lo sagrado. Lo cual no es precisamente una suerte, porque cuando no se cree en Dios, se cree en cualquier cosa. La razón es que la existencia no es soportable sin el espíritu, sin conectar con la fuente de la vida. La proliferación de sectas y grupos religiosos o pseudo-religiosos, en pleno eclipse de lo divino, no es sino una manera de llenar el vacío creado. El reto que la vida plantea hoy a los creyentes es mostrar al mundo la salvación, algo que sólo es posible con los signos que la acompañan. Ésa es la única manera de que el ser humano entienda la grandeza de lo que se le ofrece. El mundo de hoy reclama a los discípulos de Jesús de Nazaret que muestren los signos que acompañaron el primer anuncio.

   Juan Bautista preguntó: ¿Eres tú el que ha de venir? Nosotros oímos en nuestro tiempo una pregunta similar: ¿Dónde está el que ha venido? ¿Quién ha recogido su herencia? ¿Quién continúa su tarea? Hay un profeta —sin nombre ni rostro— que nos hace cada día esas preguntas a los creyentes. La respuesta que hemos de dar no son palabras, sino gestos; no es doctrina, sino compromiso; no es teología, sino vida.

   Vivimos en el tiempo de los milagros, no porque estos existan, sino porque se han hecho necesarios. Me refiero a los milagros del amor auténtico: que vean la luz los ciegos, que puedan caminar los cojos, que los leprosos queden limpios, que los niños puedan nacer, que los ancianos puedan morir rodeados de ternura, que se dé trabajo a los parados, que se pueda pasear sin terror, que no sea necesario buscar comida en los contenedores de basura ni dormir debajo de cartones, que la mujer no sea maltratada, que el inmigrante sea acogido… Vivimos el tiempo de los signos —el tiempo de los milagros— porque sobran las palabras ¡y las promesas! Con el eclipse de Dios cae la noche sobre la tierra y el ser humano deambula perdido en la oscuridad. Sólo amanecerá, si despunta de nuevo en el horizonte el amor.