BAUTISMO DEL SEÑOR

«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREDILECTO»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   En las aguas del Jordán, Jesús es investido como Mesías para anunciar el evangelio de la salvación en obediencia al designio de Dios hasta su muerte. Ungido por el Espíritu, pasará por el mundo haciendo el bien. El Hijo amado del Padre ha sido constituido camino único para alcanzar la liberación de toda esclavitud.

   La liturgia de la Iglesia, pasa bruscamente de la contemplación de los misterios de la infancia de Cristo a la de su bautismo en el Jordán, con el que da comienzo a su vida pública. No obstante, entre ambos momentos históricos hay una conexión significativa: en el nacimiento, el hijo de Dios asumió la debilidad y la pobreza de la condición humana; a partir de su bautismo, se hace presente como Salvador allí donde está el pecado. Hasta ahí llega el abajamiento de Dios, el amor de Dios.

   Las lecturas de hoy nos hablan, precisamente, de esa presencia y acción de Dios en la historia, del amor del Padre que realiza la liberación del hombre por medio de Jesús, su elegido y enviado.

   La vocación de Cristo aparece anticipada en la figura del “siervo de Dios” anunciada por Isaías: Dios le ha creado, le ha elegido, le sostiene, le lleva de su mano y le ha llenado de su Espíritu.

   Consistirá, esencialmente, en restablecer las relaciones de Dios con su pueblo, rotas por el pecado. Los cielos abiertos en el momento del Bautismo de Jesús manifiestan que se ha cumplido el deseo ardientemente expresado por Isaías: “¡Ojalá rasgases los cielos y bajases!”. Pero la alianza anunciada por el profeta: "Te he destinado a ser alianza del pueblo", rebasa las fronteras de Israel: “Te he hecho luz de las naciones”. "Él es el Señor de todos", subraya Pedro en la segunda lectura. A partir de entonces, “Dios no hace distinciones: acepta al que lo teme y practica la justicia, sea de la nación que sea”.

   La misión del Siervo de Dios consistirá, además, en un compromiso con el hombre: “Yo, el Señor te he llamado con justicia, para que abras los ojos de los ciegos, saques de la prisión a los cautivos y de la mazmorra a los que habitan en las tinieblas". Pedro la resume con estas palabras: "Pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo, porque Dios estaba con él". Jesús se presenta como portador de un mensaje y de una tarea de liberación, tanto de los males físicos como de cualquiera otra forma de esclavitud humana.

   Al iniciar su vida pública, Jesús tiene conciencia de la misión que se le ha confiado, y del ilimitado poder de que ha sido investido; no obstante, el primer gesto que le vemos hacer y la primera palabra que le oímos pronunciar expresan una profunda humildad: va al encuentro de Juan y pide el bautismo, lo que equivale a confesarse pecador; está dispuesto a hacer penitencia y a aceptar todo lo que venga de Dios. Se comprende que Juan, asustado, se resista; pero él se somete a la justicia que vale para todos: “conviene que cumplamos toda justicia”.

   A ese humilde descenso a las profundidades humanas corresponde la majestuosa intervención venida de lo alto. En el momento del bautismo, la potencia del Espíritu se cierne sobre Jesús y, en la plenitud divina de ese instante, resuenan las palabras del amor paterno: “Este es mi Hijo, el amado, mi predilecto”.

   Esas palabras no solo revelan la identidad de Jesús; también, el camino que habrá de recorrer para dar cumplimiento a su tarea mesiánica: la entrega de su vida en la muerte para, mediante la gracia del bautismo, hacer posible la participación de todos los hombres en su vida divina.

   El libro de los Hechos resume la misión de Jesús con estas palabras de Pedro: "Conocéis lo que sucedió en el país de los judíos, cuando Juan predicaba el bautismo, aunque la cosa empezó en Galilea. Me refiero a Jesús de Nazaret, ungido por Dios con la fuerza del Espíritu Santo, que pasó haciendo el bien y curando a los oprimidos por el diablo: porque Dios estaba con él". Lástima que el texto se corte en ese punto, y no continúe la referencia a la pasión, muerte, resurrección de la que los apóstoles son testigos. Con el Bautismo, Jesús comienza su tarea de proclamación de la Buena Nueva que le llevará a la cruz. Desde el Jordán emprende su camino hacia el sacrificio de su vida y su glorificación.

   En el bautismo de Jesús se hizo patente la misión encomendada por el Padre; en nuestro bautismo, quedamos marcados para siempre por nuestra referencia a Jesús de Nazaret y, ungidos por el Espíritu, fuimos llamados a participar de su tarea evangelizadora. Anunciemos el evangelio de Jesús con la palabra y con la vida.

   Quien toma en serio su condición de bautizado, acabará sintiéndose, como Jesús, urgido a "pasar haciendo el bien, a curar a los oprimidos por el diablo", y a implantar el derecho y la justicia, es decir, a realizar en medio del mundo los signos de la presencia del Reino de Dios.


«TÚ ERES MI HIJO AMADO, MI PREDILECTO»
(D. Francisco Echevarría Serrano)

   El bautismo de Jesús cierra el ciclo de la Navidad, como un domingo puente entre la infancia y el ministerio del Mesías. Juan preparó la acogida del Esperado predicando la purificación del pecado, la vuelta a Dios y el cambio de costumbres. Sus seguidores eran sumergidos en las aguas del Jordán para simbolizar —mediante la limpieza del cuerpo— una limpieza más profunda: la del corazón. Jesús acudió como uno más, no porque necesitara el bautismo, sino por lo que iba a ocurrir a continuación: el cielo se abrió y descendió sobre él el Espíritu, al mismo tiempo que una voz le señalaba como el Hijo amado.

   Ese fue el comienzo de un período de tiempo breve —apenas tres años—, pero intenso porque cambió el curso de la historia. Jesús de Nazaret mostró a sus contemporáneos el rostro de Dios, un rostro hasta entonces imaginado —como poderoso, señor, santo y justo— y desde entonces contemplado —como padre misericordioso—. El cielo se abre y el Espíritu desciende cada vez que un hombre toma conciencia de su dignidad de hijo amado y ve con esos mismos ojos a cada uno de los que encuentra en su camino. Esa es la novedad —la Buena Noticia— de Jesús de Nazaret.

   El problema es si hoy los hombres están abiertos a esa lluvia de gracia o, por el contrario, prefieren vivir atrapados en sus miedos y obsesiones. Es tarea de los creyentes anunciar que el Dios al que se teme no existe porque el que existe es un Dios que ama y donde hay amor no hay temor. El cielo se abre y el Espíritu baja, no para fiscalizar la vida de los hombres y sembrar el mundo de inquietud, sino para llenar de paz el corazón humano.

   Vivimos un tiempo lleno de contrastes y muchos miran hacia atrás con pena porque son graves los problemas que afrontamos como herencia del pasado. Por ello, hoy como nunca, es necesario señalar el horizonte hacia el que caminamos con el dedo de la esperanza e invitar a todos a la digna tarea de construir un mundo nuevo y mejor. Ya va siendo hora de que alguien se ponga a derribar las vallas que nos dividen y enfrentan. La mano derecha tiene que comprender que necesita a la izquierda y la izquierda, a la derecha; que no son opuestas, sino complementarias y que, por ello, ambas son necesarias. Éste ha de ser el tiempo del entendimiento y la colaboración. Lo cual sólo es posible con un corazón nuevo. Necesitamos que el cielo se abra de nuevo y baje el Espíritu sobre cada hombre para que, al descubrir la propia dignidad —y la dignidad del otro— construyamos entre todos —desde las diferencias que nos complementan y enriquecen— un mundo más humano, un mundo de hermanos.