Domingo II Tiempo Ordinario
(Ciclo B)

«LLAMADOS, POR EL BAUTISMO, AL RECONOCIMIENTO DE CRISTO
Y A LA COMUNIÓN DE VIDA CON ÉL»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   La obediencia a la Palabra conduce al bautizado a una profunda identificación con Dios, a su transformación personal, a la comunión con el Espíritu y a la participación en la misión de Jesucristo.

   En el origen de la vida humana y, en particular, de la vida cristiana, está la realidad de una llamada de Dios. Es Él quien llama a la existencia, invita a la fe, señala a cada uno su vocación específica y le convoca a su encuentro definitivo, aquí en este mundo y, un día, en la casa del Padre.

   Para escuchar la llamada del Señor es necesario, en primer término, el esfuerzo personal e intransferible de la búsqueda. El hombre satisfecho de sí mismo, preocupado sólo de su bienestar material, soslaya las preguntas fundamentales. Sólo el que se atreve a buscar otra manera de vivir, está en condiciones de percibir la llamada del Dios de la vida.

   Pero también ese ejercicio de libertad humana, que es la búsqueda, es un don gratuito de Dios, que nos sale al encuentro:“Tú no me buscarías si yo no te hubiese buscado”, reconoce San Agustín. El creyente responde siempre a la llamada de Dios con palabras que éste ha puesto previamente en sus labios, como en el caso de Samuel: “Aquí estoy, Señor, para hacer tu voluntad”.

   «¿Qué buscáis?», pregunta Jesús a dos discípulos del Bautista. Son las primeras palabras del Maestro en el evangelio de San Juan. Esa pregunta va hoy especialmente dirigida a nosotros. Se trata de una cuestión decisiva, mucho más en nuestra época, en la que nos llegan tantas voces que nos llaman a identificarnos con modelos de comportamiento que supondrían la pérdida de nuestra identidad y, como consecuencia, la desintegración de nuestra personalidad.

   ¿Cómo percibir hoy nítidamente esa llamada personal de Dios que nos saque del sueño o del aturdimiento y nos confiera la certeza del encuentro con él y con su palabra?. El relato de la vocación de Samuel nos ofrece hoy, al respecto, varias precisiones importantes.

   En primer término, que los pasos iniciales en el camino de la búsqueda nunca están exentos de dudas e incertidumbres, incluso para el hombre que vive religiosamente; es en el camino mismo de la búsqueda ‒recordemos también a los discípulos de Emaús‒ donde las cosas se van aclarando, llegan las respuestas y el corazón comienza a enardecerse; quienes esperan a tenerlo todo claro para iniciar el camino de su encuentro con Dios, difícilmente llegarán a él.

   Para reconocer la voz del que nos habla necesitamos, además, sosiego interior. El ruido nos está volviendo sordos a las llamadas de Dios y a las llamadas de los otros. Nuestra época necesita redescubrir la riqueza inestimable del silencio, su valor humanizante. La noche, con su silencio, es una hora propicia para la escucha: cesa el ruido de las cosas, descansan los sentidos del cuerpo y se alertan los del alma. En el relato de la vocación de Samuel todo ocurre en la noche, cuando “aún ardía la lámpara en el templo“.

   Cuando Samuel descubre que es Dios el que le llama, no duda en responder: “Habla, Señor, que tu siervo escucha”. A veces percibimos la voz de Dios que nos llama, pero preferimos no prestarle atención, porque nos cuesta renunciar a la forma de vida en la que nos sentimos cómodamente instalados. Cada cristiano, por el bautismo, percibe en sí la llamada personal de Cristo a una forma nueva de existencia que alcanza a la totalidad de su ser y le convierte en miembro de Cristo y templo del Espíritu. Samuel es, para el creyente de todos los tiempos, un modelo de disponibilidad: “Aquí estoy, vengo porque me has llamado”.

   Quien no está dispuesto a la renuncia, jamás tendrá fuerza para dar el paso decisivo que dieron los dos discípulos de Juan cuando le oyeron decir ”Este es el Cordero de Dios”: “Siguieron a Jesús”. Ambos preguntaron a Jesús: “¿Dónde vives?”. La respuesta del Señor: “Venid y lo veréis”, es una invitación a una forma nueva de vida, a un compromiso compartido. Los dos aceptaron el reto: “fueron, vieron dónde vivía y se quedaron con él aquel día”.

   El objetivo esencial de toda llamada de Cristo y el término de nuestra búsqueda es la opción existencial por él, la comunión con su persona y con su modo de vida. La hora de ese encuentro quedará para siempre grabada en el corazón del seguidor de Cristo. Juan, el evangelista, nunca olvidó la suya: “Serían las cuatro de la tarde”.

   Por último, la experiencia del encuentro con Jesús es siempre contagiosa, como lo es toda alegría que inunda el corazón. Gracias al gozo de Andrés, su hermano Simón experimentó personalmente la fuerza seductora de un encuentro, una mirada y una elección que cambió radicalmente su vida: “Tú eres Simón, el hijo de Juan; tú te llamarás Cefas, que se traduce Pedro”.

   La celebración del domingo es siempre una nueva oportunidad de escuchar la llamada del Señor y de encuentro con él. Pidámosle hoy experimentar el gozo de ese encuentro y saber transmitirlo a los demás.

 

«Vieron dónde vivía y se quedaron con Él»

   El evangelio de Juan nos presenta la vocación de los primeros discípulos centrando su interés en el origen de la fe y su transmisión mediante el testimonio. Juan nos indica que el encuentro con Jesús y su aceptación en la fe de parte de los que llegan a ser sus discípulos, se repite siempre y en todas partes en el tiempo de la comunidad cristiana. Se trata, pues, de una escena cargada de reflexión teológica que quiere ser modelo de toda llamada y de todo seguimiento de Jesús.

   Las primeras palabras de Jesús en el Evangelio de Juan son una pregunta incisiva y estimulante: ¿Qué buscáis? Para el evangelista, el verdadero discipulado comienza cuando Jesús toma la iniciativa, la cual se manifiesta en su mirada y en su palabra, y llama. Una mirada que es interés por la humanidad que va en busca de la verdad y del sentido y una palabra que compromete e invita a la decisión libre.

   La pregunta que Jesús te lanza hoy no es más que estímulo e invitación a que seas su discípulo desde una adhesión del corazón libre y responsable. Jesús te invita a una experiencia de amistad y de comunión con él, a una relación personal como principio y fundamento de la existencia cristiana: Ven y lo verás.

   El encuentro de cada hombre con Jesús representa la plenitud del camino humano y el momento más decisivo de la existencia. Es importante saber dónde está y dónde vive Jesús para poder estar y quedarse con él. Más allá del deseo de conocimiento intelectual, el auténtico discípulo no busca conocer algo sino a Alguien. El discípulo se interesa por el Maestro, pues desea aprender de él un estilo de vida y una opción fundamental que den sentido a su existencia. 

   La invitación a venir y ver que hace Jesús es una invitación a hacer experiencia de su persona y entrar en la intimidad de su amistad. Por eso el texto dice: se fueron con él, vieron donde vivía y se quedaron con él aquel día. Ir a Jesús, ver dónde está y quedarse con él, son expresiones que indican una experiencia personal, vital y profunda del Maestro.

   El seguimiento de Cristo, aun cuando surge y se desarrolla en modos y en circunstancias diversas, está constituido por un itinerario espiritual fundamental: anuncio, conocimiento y experiencia personal de Jesús. Escuchar sus palabras, dialogar con él, vivir en su intimidad, son momentos que constituyen el fundamento de la fe y tienen una función esencial en el seguimiento y en la vocación del discípulo. Lo vivido por aquellos primeros discípulos que encontraron a Jesús es modelo para la comunidad cristiana de todos los tiempos. La vocación cristiana es el diálogo de dos voluntades que su unen para realizar un proyecto común. No es una llamada a aceptar una idea o un proyecto, sino la invitación a entrar en relación personal con Alguien. La respuesta exige no una adhesión genérica a un movimiento, a un programa de acción o a altos ideales filantrópicos, sino un compromiso total de la persona para permanecer en comunión de vida y de misión con la persona de Jesús. Una experiencia que transforma toda la existencia según los valores del evangelio del reino de Dios.

   ¿Estás dispuesto? Ven y verás. Tal vez te quedes con Él todo el día.