Domingo XII Tiempo Ordinario
(Ciclo B)

«SOLEMNIDAD DE LA NATIVIDAD DE SAN JUAN BAUTISTA»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   Juan Bautista, el último de los profetas de Israel, acoge y presenta a sus discípulos al verdadero Siervo de Dios. Sólo Jesús cumple plenamente la función de ser «luz de las naciones» (Lc 2,32).La misión profética del Bautista Juan deberá indicar la benevolencia de Dios. Se llamará Juan, o sea, “Dios es misericordia”.

   La Iglesia celebra litúrgicamente sólo tres nacimientos: el de Jesús, el de María y el de san Juan Bautista. La precedencia sobre el domingo de esta fiesta del Precursor de Cristo subraya la importancia de la persona y la misión del Bautista en la historia de la salvación. Juan “es profeta y más que profeta”. Los profetas anteriores a él habían anunciado veladamente al Salvador. Él lo vio con sus propios ojos, lo bautizó, y le mostró como el Cordero que quita el pecado del mundo a quienes habían de ser sus primeros discípulos.

   El niño cuyo nacimiento celebramos es totalmente don de Dios. Su madre, Isabel, es una mujer estéril, y su padre, Zacarías, un hombre anciano. Del silencio de Zacarías, su padre, nace la última palabra profética de la Antigua Alianza, y de la esterilidad de su madre, Isabel, nace el precursor de la vida en plenitud ofrecida por Dios a su pueblo. Es el Señor mismo quien fija su nombre, Juan, que significa “Dios es gracia”.

   En su persona y su misión destacan tres realidades que se corresponden con tres grandes épocas de su vida. En primer lugar, la forma en que Dios lo escogió para sí. El fue el primero en escuchar la voz del Señor. Por eso se nos muestra como predestinado para saborear el gozo de la buena nueva. Aquí está la clave de la etapa de su vida en el desierto: se refugia en él para que nada le distraiga de la percepción de aquella voz, para recordar continuamente aquel encuentro que le hizo saltar de gozo en el seno materno y para esperar el Bautismo de Jesús. Lo más asombroso de Juan es que en él se funden un gran espíritu de penitencia y un extraordinario gozo espiritual. En el desierto de la penitencia es donde mejor florece el paraíso de la alegría interior.

   Del mismo modo que precedió a Cristo en su nacimiento, Juan es, en un segundo momento, el precursor de su vida pública. “Hubo un hombre enviado por Dios que se llamaba Juan. Vino como testigo, para dar testimonio de la Luz, para que por él todos viniesen a la fe. No era él la Luz, sino que vino para dar testimonio de la Luz”. Esta es la tarea principal del Bautista: disponer los corazones de los hombres para recibir la Luz venida de lo alto. La palabra de Dios hubiera resultado demasiado fuerte para las almas no dispuestas; necesitaban una previa preparación; había que orientar sus preocupaciones, desviarlas de sus costumbres torcidas, despertarles esa buena voluntad elemental que les capacitara para recibir el Reino que venía a anunciar. Para sacar al mundo del olvido de Dios o de la indiferencia hacen falta testigos. La misión de Juan consistió en dar testimonio de la Luz divina que había penetrado previamente en su interior. Juan tuvo, además, la alegría de ver que su testimonio había sido aceptado. Sus discípulos reconocen a Jesús que pasa, y le siguen, porque él se lo ha mostrado como el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo. Éste fue su gozo más cumplido.

   Pero la preparación de las almas no es su única tarea. Tiene también una misión particular en relación con la persona misma de Cristo. Es Juan quien le bautiza, por misterioso designio de Dios. En aquel momento culminante de su vida desciende sobre Jesús el Espíritu Santo y se oye la voz de Padre que lo proclama su Hijo muy amado. El Bautista es el instrumento por el que Cristo aparece por primera vez entre los hombres en su condición de Hijo de Dios; de esta manera, es introducido en el secreto del Misterio trinitario y, a partir de entonces, separado espiritualmente de las cosas de este mundo.

   Una vez cumplida su misión, Juan vuelve a la oscuridad. Puesto que ya ha llegado Cristo, ahora él debe desaparecer: “Es preciso que Él crezca y que yo mengüe”. Después de haber participado en el ministerio de la predicación de Cristo, debe participar también en su Pasión: pasar por el encarcelamiento y la muerte, prueba suprema de su amor, ser, hasta el final, “testigo de la Verdad”.

   La tarea del Bautista no ha terminado. Jesús no es sólo “el que vino”, sino,“el que ha de venir”. El mundo y la Iglesia necesitan, hoy más que nunca, nuevos profetas que con el espíritu y el poder de Juan llamen a la conversión de los corazones y preparen al Señor “un pueblo bien dispuesto”.