Domingo XIX Tiempo Ordinario
(Ciclo B)

«RECONOCE A JESÚS COMO PAN DE LA VIDA
QUIEN PRESTA A LA PALABRA DEL PADRE LA OBEDIENCIA DE LA FE»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   En Jesús se hace presente a los hombres de forma definitiva la revelación misma de Dios. Sólo Él es el pan que realmente ha bajado del cielo, a fin de que quien lo coma ya no muera, sino que tenga vida eterna. El reconocimiento de Jesús como Pan de vida ofrece al creyente seguridad y fortaleza para el camino de su existencia terrena y estímulo para vivir en el amor.

   Elías es el símbolo del hombre de fe abatido por la adversidad y la persecución. Huye amenazado de muerte por haber luchado contra la idolatría que se ha introducido en Israel y, vencido por el desaliento, se echa a morir. Al despertar, se encuentra una comida preparada: un pan cocido en las brasas y una jarra de agua. El pan es el alimento que le fortalece para continuar el camino de la búsqueda de Dios. La meta es el monte santo, el lugar de la zarza ardiendo y de la Alianza; el lugar de las manifestaciones del Señor a su pueblo.

   El pan del Antiguo Testamento viene a ser, una vez más, símbolo de Cristo. En el evangelio de hoy, los judíos murmuran de Jesús. Acaban de oír de sus labios: "Yo soy el pan bajado del cielo". No aceptan que en ese hombre, cuyo origen histórico conocen, se haga presente la salvación divina. Su incredulidad queda resumida en la pregunta que se hacen: "¿Cómo puede decir ahora que ha bajado del cielo?".

   He aquí la enseñanza central de este domingo: La salvación es un don de lo alto, y el Padre la ofrece a quien acoge por la fe a Jesucristo y a su palabra.

   Pero esa adhesión a Jesús por la fe no es posible ni efectiva sin el impulso procedente de Dios: “Nadie puede venir a mí si no lo atrae el Padre que me ha enviado. Por eso, Dios mismo se encargará de instruir a los hombres, de orientarlos al seguimiento de Cristo: "Está escrito en los profetas, serán todos discípulos de Dios. Todo el que escucha lo que dice el Padre y aprende viene a mí".

   La unidad del Hijo con el Padre es tan íntima que sólo quien se deja iluminar por la palabra de aquel puede acceder al conocimiento y a la comunión con el Padre. Porque “nadie ha visto al Padre, a no ser el que procede de Dios: ese ha visto al Padre”.

   Sólo Jesús puede hacer al hombre estas tres afirmaciones fundamentales:

   — "Yo soy el pan bajado del cielo. En el desierto, los padres comieron el maná y murieron, no alcanzaron la tierra prometida. Jesús, el Hijo del hombre, es “el pan vivo que ha bajado del cielo –del ámbito de la vida divina– para que el hombre coma de él y no muera”.

   — "El que cree, tiene vida eterna": Por la fe, las raíces de la existencia humana se hunden ya en la realidad vital del Cristo resucitado y presente.

   — “El pan que yo os daré es su carne, para la vida del mundo. Esta presencia de Jesús en el pan eucarístico será el tema central del próximo domingo.

   San Pablo, en consonancia con la enseñanza evangélica, nos dice hoy que quien reconoce y acepta a Jesús como “pan de la vida”, ha sido marcado por Dios con el Espíritu Santo para el día de la liberación final. Los discípulos de Cristo no podemos entristecer al Espíritu Santo, dejándonos invadir por “la amargura, la ira, los enfados e insultos y toda la maldad”. Hemos de ser “buenos, comprensivos, perdonándonos unos a otros como Dios nos perdonó en Cristo”. Sólo la fe se hace operativa por el amor nos hace dignos de participar de Aquel “se entregó por nosotros a Dios como oblación y víctima de suave olor".

 

«Yo soy el pan bajado del cielo»
(D. Francisco Echevarría Serrano)

   Seguimos pendientes del diálogo sobre el pan de vida. Jesús había dicho que sólo el pan que baja del cielo da vida eterna, aludiendo al Espíritu que se comunica continuamente al hombre, cuando ÉSTE abre su vida y su corazón a la fe. Los judíos, por su parte, plantean el problema del origen de Jesús: "¿Cómo puede decir que viene del cielo si sabemos quiénes son sus padres?". Es la pregunta de la incredulidad: ¿Cómo puede un hombre tener un origen divino? Habían entendido perfectamente lo dicho por Jesús: que Dios se estaba mostrando a modo humano, revestido de humanidad. Fue el misterio de la encarnación lo que escandalizó a aquellos hombres. No podían aceptar que se hubieran roto las barreras entre lo divino y lo humano. Los judíos querían cada cosa en su sitio: Dios en el cielo y el hombre en la tierra. Nada de mescolanzas ni familiarida­des. Jesús de Nazaret rompió ese esquema porque se empieza poniendo a Dios en su sitio y se termina poniendo a cada persona en el lugar que creemos que debe ocupar. Así es como surgen la discriminación, la marginación y la idolatría de las diferencias.

   San Pablo escribe a los gálatas que, en la plenitud de los tiempos, Dios envió a su hijo, nacido de mujer. El hijo de una mujer es el hijo de Dios. Jesucristo es para los cristianos aquel en quien se realiza plenamente la reconciliación entre Dios y los hombres, de tal manera que ―en adelante― sólo será posible llegar a Dios a través del hombre y al hombre a través de Dios. Dentro de esta lógica tiene sentido que luego diga: "Lo que hagáis a uno de mis hermanos menores me lo hacéis a mí".

   No resulta fácil, ni siquiera a los seguidores de Jesús de Nazaret, aceptar que el encuentro con Dios sólo sea posible en el encuentro con el otro. Eso explica el agnosticismo ―la versión laica de la postura farisea―, que no es sino la separación absoluta de los dos mundos; el ateísmo, que niega el mundo sobrenatural; y el espiritualismo, que menosprecia el mundo material. La historia enseña, sin embargo, que cuando se niega a Dios, se termina negando al hombre; y cuando se niega al hombre, se termina negando a Dios. Jesús de Nazaret representa la unidad de ambos mundos: todo él es hombre y todo él es Dios. Sólo quien come su carne ―sólo quien acepta el misterio que él representa― alcanza la vida definitiva.

   La fe en la encarnación tiene profundas implicaciones existenciales ya que cambia completamente el modo de vivir y de sentir la vida. Porque es cierto que la vida cambia cuando uno deja de fijarse en lo que el otro hace para centrarse en lo que el otro es: en su humanidad ―que es tanto como decir en sus limitaciones y miserias― es  Dios que nos sale al encuentro. Quien ve al Hijo de Dios en Jesús de Nazaret ―quien ve al hijo de Dios en sus semejantes― ha conocido la vida verdadera y no podrá seguir siendo el mismo porque, cada vez que dé a alguien la mano, sabrá que está tocando el misterio.