Domingo XVIII Tiempo Ordinario
(Ciclo C)

«EL SENTIDO DE LO PROVISIONAL Y LO DEFINITIVO»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   El hombre que busca los bienes de arriba concibe su actividad en el mundo como una participación de la obra creadora de Dios. En vez de amasar riquezas para sí, llevado por la codicia, procura compartirlas con los demás para ser rico ante Dios.

   El evangelio de hoy hace referencia a un hecho frecuente: un litigio familiar por cuestiones de herencia. Lo sabemos de sobra. Hay herencias que no enriquecen, que sólo traen vacío y desolación. Dineros y ambiciones acaban frecuentemente con algo que es más valioso que todo el oro del mundo: la armonía y la unidad de la vida familiar.  ¡Cuántas familias conocemos divididas, rotas, por causa de la herencia!  

   Jesús no entra en la disputa, pero formula una norma fundamental en relación con los bienes económicos: “Guardaos de toda clase de codicia; pues aunque uno ande sobrado, la vida no depende de los bienes”. Y, a continuación, propone una parábola, que vine a ser como una versión narrativa de esta otra afirmación evangélica: ¿De qué le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde a sí mismo?

   Codicia, dice el diccionario, es “apetito desordenado de riquezas”. Es hacer de la posesión de bienes materiales el valor absoluto de la existencia. Este anhelo es insaciable, todo nos parece poco. Desde este afán de riquezas organizamos nuestra vida: tiempo, familia, amistades, trabajo, la misma vida religiosa, todo está en función de acumular más y más.

   El ambicioso de bienes materiales sufre un grave error de perspectiva. El único valor absoluto del hombre es la búsqueda del Reino de Dios y de su justicia... y todo lo demás se le dará por añadidura. ¿Dónde queda Dios para el que actúa de aquella manera? Con razón dice San Pablo que la codicia es una idolatría. ¿Dónde está, además, el verdadero sentido de la vida para quien no es capaz de advertir que su existencia terrena sólo tiene carácter transitorio? ¿Qué saca un hombre así “de todos los trabajos y preocupaciones que lo fatigan bajo el sol? De día su tarea es sufrir y penar, de noche no descansa su mente. Todo esto es vanidad”

   El salmo que hemos recitado insiste en la fugacidad de las cosas de esta vida: “mil años en tu presencia son un ayer que pasó”; somos como “la hierba que florece por la mañana y por la tarde se seca”. Hay, por tanto, que “saber calcular nuestros años para que adquiramos un corazón sensato”.

   Al hombre rico de la parábola, símbolo del ser humano obsesionado por el tener, Jesús lo califica de “necio”. ¿Por qué? No por haber trabajado “con sabiduría, ciencia y acierto” y haber tenido una buena cosecha, ni por haberse preocupado de asegurar su futuro, sino porque no tuvo otra preocupación que él mismo: mi cosecha, mis graneros, mis bienes, mis años. “Túmbate, come, bebe y date buena vida”. No hay el menor atisbo de consideración de los problemas, la situación y las necesidades de los demás. Se cerró en sí mismo. Por eso “amasó riquezas para sí y no fue rico ante Dios”.

   Pablo, en la segunda lectura, se dirige hoy a nosotros, los bautizados: “Ya que habéis resucitado con Cristo, buscad los bienes de allá arriba, aspirad a los bienes de arriba, no a los de la tierra”. “Dad muerte a la codicia, que es una idolatría”. Despojaos del hombre viejo, y trabajad por un orden nuevo donde todos los hombres sean reconocidos como imágenes del Creador, hermanos, e iguales en dignidad y derechos.

 

«Lo que has acumulado ¿de quién será?»
(D. José Antonio Omist López)

   Son siete las necesidades del ser humano y satisfacerlas de un modo adecuado viene a ser la tarea fundamental de la vida. Las tres primeras tienen que ver con el mundo material. Son la necesidad de bienes que garanticen nuestra supervivencia y nos den seguridad; la necesidad de gozar del don de la vida en medio de las dificultades; y la necesidad de realizar nuestros proyectos que nos proporciona confianza en nosotros mismos y eleva nuestra autoestima. La cuarta es la más humana: se trata de la necesidad de amar y ser amado. Cuando es rectamente satisfecha, nos introduce en el ámbito de las necesidades espirituales, que nos acercan al mundo de lo sobrenatural. Las tres últimas son: expresar nuestro mundo interior —ser creativos—, comprender la verdad de la existencia y alcanzar la sabiduría por la que comprendemos nuestro destino último y el sentido de la vida.

   Las tres primeras son —como las restantes— necesidades fundamentales del ser humano, pero encierran un peligro: cualquiera de ellas puede atrapar el corazón e impedir el progreso del espíritu hacia estados superiores. Quien queda atrapado en la primera es víctima de la codicia. Su vida no tiene otro objetivo que acumular riquezas y bienes. Quien se deja dominar por la segunda cae en el hedonismo, en la búsqueda compulsiva del placer y se vuelve incapaz del sacrifico, la renuncia o el esfuerzo. El esclavo de la tercera tiene un desmedido afán de poder. Su objetivo es dominar el mundo. Lo paradójico de la vida es que, siendo tres necesidades, son tres posibilidades y, a la vez, tres riesgos, aunque, la más peligrosa es la primera.

   Jesús dice, refiriéndose a ella, que es de necios acumular riquezas para uno mismo y no ser rico ante Dios y el autor de los Proverbios hace gala de equilibrio y sensatez cuando pide: Señor, no me des riqueza ni pobreza, sólo lo necesario para vivir (30,8).

   La verdad es que resulta extraño este lenguaje en Occidente, dado que es un mundo atrapado en las tres primeras necesidades. Pero consideramos que ya es hora de empezar a hablar del callejón sin salida en el que estamos metidos. Porque ¿a dónde nos está llevando la idolatría del dinero, el afán de placeres y el ansia de poder? ¿Acaso a un mundo más humano y feliz? En el siglo pasado hemos creado la utopía del progreso y de las libertades y hemos caminado hacia ella, pero al final lo que encontramos es un mundo de ricos muy ricos y pobres muy pobres, donde las libertades individuales son encadenadas por los violentos y los poderosos y las nuevas generaciones, víctimas del vacío existencial, tratan de disfrutar a tope porque nadie les ha mostrado otra felicidad. Necesitamos desandar el camino y situarnos en el sendero adecuado. Quienes lo muestren serán los verdaderos bienhechores de la humanidad.