Domingo XXXII Tiempo Ordinario
(Ciclo C)

«EL DIOS DE LA VIDA»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   La resurrección de Cristo fundamenta la esperanza de nuestra propia resurrección. El martirio es la renuncia de la propia vida como testimonio de esperanza de una vida nueva. El cristiano, que en el bautismo muere con Cristo para resucitar con él, deberá pedir constantemente “la esperanza y las fuerzas” que necesita para ser consecuente hasta el fin con su bautismo.

   "Creo en la resurrección de los muertos y en la vida eterna". Con esta fe, Dios nuestro Padre "nos ha regalado un consuelo permanente y una gran esperanza".

   La fe que proclamamos  y celebramos es fuerza de Dios que, a la par que orienta nuestro corazón  al amor de Dios y a la esperanza en Cristo. nos otorga posibilidades insospechadas para vivir en plenitud el presente y nos impulsa a ser más humanos. Hemos de estar siempre alertas frente al saduceo y al increyente que todos llevamos dentro.

   Nuestra fe en la resurrección ha sido desde el principio un fermento de dignidad humana: buena prueba de ello es la tajante afirmación de uno de los hermanos Macabeos: "Vale la pena morir a manos de los hombres cuando se espera que Dios mismo nos resucitará". Cuando la vida humana no tiene otro objetivo que el de salvarla a toda costa se acaba justificando toda claudicación, por muy degradante que ésta sea.

   El fundamento de nuestra esperanza  en la resurrección nos lo ha ofrecido S. Pablo en la carta a los Tesalonicenses que hemos leído hoy: "El Señor es fiel". No es Dios de muertos, sino de vivos. El Dios de Abrahán, de Isaac y de Jacob es fiel y poderoso, y nada puede oponerse a una fidelidad definitiva, ni siquiera la muerte; por eso el Dios amigo de los patriarcas ha sido fiel a ellos más allá de la muerte. Y si para Él todos están vivos, también están destinados a conocer la misma vida todos los que participan de la fe de los patriarcas. "El amor es más fuerte que la muerte: esto, que se afirma del amor humano, hay que decirlo mucho más del amor de Dios. Pablo llegará a decir que  "aunque nosotros seamos infieles, Él permanece fiel porque no puede negarse a sí mismo".

   Desde este trasfondo hay que entender la fe cristiana en la resurrección: cuando los cristianos comienzan a afirmar que Cristo ha resucitado, no sacan esta conclusión de su fe en que todos los muertos resucitan; es más bien al revés: porque han experimentado que Jesús ha resucitado, afirmarán -como también lo repite Pablo- que también los muertos resucitan. El Dios que fue fiel a Jesús más allá de su muerte, también será fiel con nosotros, hermanos de Jesús, más allá de nuestra propia muerte.

   ¿Qué conclusiones podemos sacar hoy para nuestra vida cristiana?

   1.- Que hemos de introducir en nuestro concreto vivir humano el significado de  la muerte y de la resurrección: hay que saber sacar partido a la vida, hay que vivirla con intensidad, pero desde la convicción de que nuestro destino último no está aquí abajo. Jesús lo decía muy claramente: hoy momentos en que hay que saber perder la propia vida si se la quiere ganar; es lo que afirmaba uno de los hermanos Macabeos: hay que estar dispuestos a morir antes que  quebrantar la ley de nuestros padres, es decir, antes que renegar de la propia dignidad y de la propia conciencia.

   2.- Que hemos de afianzar nuestra fe en la resurrección en la vivencia bíblica de la fidelidad de Dios que nos ha creado, de ese Dios que es creador, Señor, y amigo de la vida.

   3.- Que  el Dios fiel y amigo de la vida no permitirá que dejemos de ser fieles y amigos de todos aquellos a los que hemos conocido y querido; que nuestra apertura al rostro de Dios, cuando alcancemos la vida eterna, no puede oponerse a la plenitud de estar juntos con los hermanos, cuando todo quede sumido en el amor;  que el que nos ha creado  para la comunión  y el amor en la vida presente,  hará que  permanezcamos  juntos para siempre quienes estamos llamados a existir en Él.

   El tercer hermano de los  Macabeos decía refiriéndose a sus propias manos: "De Dios las recibí, espero recobrarlas del mismo Dios". Esto mismo podemos decir de nuestros seres queridos. "De Dios los recibí... espero recobrarlos del mismo Dios".

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«No es Dios de muertos, sino de vivos: porque para él todos están vivos»
(D. José Antonio Omist López)

   Siempre ha inquietado al hombre su destino después de la muerte. Hoy, como en tiempos de Jesús, las posturas son muy diferentes: para unos la muerte es el final de todo y es vana la esperanza de sobrevivir a este mundo; para otros la vida sólo es el anticipo de una vida plena y definitiva; y luego están aquellos que piensan que el destino final del ser humano es perderse en la infinitud de Dios, después de haberse purificado de todo el mal que encierra en su corazón. Creen estos últimos que la vida humana es tan corta y el mal tan grande que son necesarias varias vida para lograrlo. Por eso —afirman— la vida es siempre reencarnación hasta alcanzar la iluminación completa.

   El cristianismo no cree en reencarnaciones —pues predica que la muerte de Cristo ha purificado al hombre de todos sus pecados—, sino en una vida plena más allá del tiempo y del mundo. Esta forma de entender las cosas ha sido —es— considerada por muchos como fe desprovista de lógica y razón y, por ello, doctrina sin fundamento. Yo me pregunto por qué: ¿por qué razón es más racional, lógico y admisible creer en la nada que creer en una vida eterna? Hemos asistido a lo largo del siglo pasado a una especie de apropiación del pensamiento racional por parte de algunos increyentes con el consiguiente menosprecio de la fe como algo obsoleto, sin fundamento y propio de mentes débiles. Argumentan que no hay pruebas de que las cosas sean así, y silencian que tampoco las hay para demostrar que sea de otra manera. Y es que estamos ante un asunto en el que entra en juego la libertad de cada uno en virtud de la cual opta por lo uno o por lo otro. La fe y la increencia son opciones personales basadas en algunas razones y en no pocas vivencias y ambas implican un riesgo: el de equivocarse. Entendidas así las cosas, hay que saber asumir la propia postura con serenidad y respeto hacia la opción contraria y tratar de sobrevivir con el peso de las dudas y los interrogantes, conscientes de que el hombre no es sabio por sus certezas, sino por sus búsquedas.

   El cristiano oye de Jesús palabras de esperanza. Cree en él y le cree a él cuando dice “Yo soy la resurrección y la vida”. Su Dios no es un Dios de muertos, sino de vivos. Es esto lo que le sostiene en la lucha por mejorar el mundo. Tampoco ve la vida como azar, sino como un designio de amor. Por eso, al contrario de lo que algunos creen, la fe no le aleja del compromiso y del esfuerzo por lograr un mundo más justo y más humano, sino todo lo contrario. No es la fe un analgésico para soportar los sufrimientos, adversidades e injusticias, sino un acicate, un estímulo para perseverar a pesar de la adversidad, el fracaso e incluso la muerte.

   Y, para terminar, hay una pregunta que muchos prefieren no plantearse: ¿es posible vivir plenamente la vida y ser feliz cuando sólo se espera la nada? Cada uno ha de buscar la respuesta en el santuario de su conciencia.