Domingo XXXIII Tiempo Ordinario
(Ciclo C)

«OS PERSEGUIRÁN. ASÍ TENDRÉIS OCASIÓN DE DAR TESTIMONIO»
(D. Felipe Fernández Caballero)

   La historia nos arrastra hacia la venida gloriosa del Señor, la parusía, que traerá la salvación y el mundo nuevo. La vigilancia del cristiano deberá traducirse en el trabajo diario, que debe servir de ejemplo y dar autenticidad a su testimonio.

   La liturgia del trigésimo tercer domingo se desarrolla a la espera de la venida definitiva del Señor. La Escritura habla de ella con frecuencia. Está en el centro de nuestra profesión de fe y hacia ella está orientada toda celebración sacramental y especialmente la eucaristía, que es memorial del Señor “hasta que vuelva”.

   Los textos de hoy presentan tres tipos de actitudes en relación con la esperanza:

   - de ausencia total de esperanza (1ª lectura)
   - de esperanza inactiva. (2ª lectura)
   - de esperanza activa, que cree y se mantiene fiel a las promesas de Jesús. (Evangelio)

   1ª lectura. Malaquías. Escrita en los años que siguen a la consagración del templo de Jerusalén, una época marcada por la falta de fe y esperanza de una buena parte del pueblo. Las antiguas promesas  hechas a Israel no se han cumplido, y el pueblo vive con tibieza y frialdad los valores morales.

   El profeta llama a la esperanza y lo hace con una triple oposición:

   - Los malvados — los que honran el nombre del Señor.
   - El mal — el sol de justicia que lleva la salud en las alas.
   - El día ardiente como un horno — el día que amanece lleno de esplendor cuando el sol de justicia lo ilumina todo y hace brotar la vida y la alegría.

   Nosotros tendemos a oponer los que hacen el mal a los que obran el bien. El profeta opone los que hacen el mal a los que honran el nombre de Dios. Hacer el mal es, por tanto, ignorar a aquel de quien todo se recibe, del que todo procede. Es vivir sin gratuidad y humildad, vivir orgullosa y posesivamente la existencia, confiar sólo en uno mismo. Hacer el bien es ponerse al  servicio de Dios, confiar enteramente en él, entregarle todo lo que de él se ha recibido.

   La maldad que se instaura en el mundo procede de las actuaciones malas del hombre. La justicia, la salvación, la trae como en alas de águila el sol que viene de lo alto, y el justo tiene que estar en disposición - es la esperanza- de acoger  la vida, la alegría y la plenitud de salvación que el sol le puede proporcionar.

   La última oposición, el día ardiente como un horno y el amanecer de un tiempo nuevo de paz, alegría y fecundidad. El día abrasador acaba con todo, convierte el pasto en rastrojos. El sol que despunta en la mañana abre horizontes, estimula al trabajo, convierte en prados la tierra reseca, hace brotar las flores y los frutos. Es fuente inagotable de fecundidad.

   En la segunda lectura, Pablo denuncia y se opone a las actitudes de esperanza inactiva.En la comunidad cristiana de Tesalónica se ha producido un incorrecto entendimiento de la predicación cristiana acerca de la venida del Señor. "Me he enterado, dice el Apóstol, de que algunos viven sin trabajar, muy ocupados en no hacer nada"  Pablo les sitúa ante su responsabilidad, les muestra a las claras lo absurdo de su actitud, por las fatales consecuencias que les puede reportar, y les conmina con severidad: "El que no trabaja que no coma".

   La esperanza cristiana no es expectación pasiva del fin, sino trabajo por hacer presente en nuestro mundo la fuerza transformadora del Evangelio. Es la enseñanza del Evangelio de hoy.

   A los que se sienten satisfechos del templo, Jesús viene a decirles: se cierra un capítulo de la historia de la salvación, el de la presencia de Dios simbolizada en un edificio material, pero está despuntando ya una etapa nueva para la vida religiosa de la humanidad: la de la implantación del Reino de Dios, germinalmente presente en la comunidad de los discípulos de Cristo inspirados en sus relaciones sociales por el mandamiento nuevo del amor.    

   Tampoco son un signo del fin del mundo las guerras devastadoras o las calamidades del presente, que tienen su origen, las más de las veces, en los comportamientos irresponsables o en el odio entre hombres y pueblos. Los acontecimientos dolorosos no deben desanimar a los creyentes ni erosionar su esperanza; tampoco las persecuciones, la indiferencia o el menosprecio de sus convicciones fundamentales.

   El signo definitivo de la llegada del Reino de Dios será, para todos los tiempos, el esfuerzo de los creyentes por implantar un estilo nuevo de relaciones interpersonales fundado en la justicia y en el amor fraterno. La esperanza activa consiste en trabajar por la consolidación de ese Reino de Dios, en un esfuerzo caracterizado por la tenacidad a la hora de creer y en confiar en el cumplimiento de las promesas del Señor.

   Una enseñanza tan clara por parte del que “vendrá a juzgar a vivos y muertos”  descalifica a quienes, sobre todo en tiempos de crisis, dedican su tiempo a atemorizar a los demás anunciándoles la inminencia del fin.

    La serenidad y la esperanza deben caracterizar a los cristianos en el cumplimiento de su tarea en el mundo. La esperanza que dimana de la experiencia viva de comunión con Jesús hará que los que creemos en él no perdamos el rumbo en momentos malos de guerra, catástrofes y desalientos. Con nuestra perseverancia daremos testimonio del Señor, y Él mismo preparará nuestra defensa en el momento del juicio que nos introducirá definitivamente en la vida.

«Con vuestra perseverancia salvaréis vuestras almas»
(D. José Antonio Omist López)

   No sólo la pregunta sobre la muerte personal, sino también aquella que se refiere al fin del universo ha inquietado e inquieta al ser humano: ¿Qué será de este mundo? ¿Cuándo será el final? ¿Cómo será? Es la natural curiosidad del hombre lo que le lleva a hacerse estas preguntas, pero también es la necesidad de respuestas sólidas sobre el sentido de la existencia propia o del mundo. La astrofísica está dando pasos de gigante y cada día explica mejor el qué y el cómo del mismo. Pero escapa de las posibilidades de la ciencia explicar el por qué y el para qué, es decir, aclarar su sentido. Éste es espiritual y no depende de la constitución de la materia.

   A Jesús también le plantearon el problema y él se limitó a responder con el lenguaje de su tiempo —el apocalíptico— de modo que se le pudiera entender. Es propio de este lenguaje mezclar los tiempos —los planos de la historia— y crear con ello confusión. Así en el diálogo de Jesús con los discípulos habla de la destrucción del templo de Jerusalén —que tuvo lugar el año 70— y del fin del mundo. La superposición de planos da la sensación de que ambas cosas son simultáneas. La razón de esto es que, para aquella mentalidad, el fin de algo es siempre signo del fin de todo y cualquier acabamiento es anticipo del acabamiento definitivo. Piensan así porque creen que lo importante es cómo se vive el tiempo intermedio, es decir, el tiempo presente.

   Para este tiempo hace tres advertencias y da tres consejos. Les advierte que las grandezas del mundo acaban y, por ello, se engañan quienes viven como si fueran eternas; que es inevitable la aparición de embaucadores que, con mentiras y falsas doctrinas, arrastran tras de sí a las gentes; y que la tribulación acompaña siempre a la existencia. Aconseja no perder la calma en la confusión, perseverar en la persecución y confiar en la ayuda de lo alto cuando llegue la dificultad.

   Son sabios consejos que pueden venir muy bien en el caminar de cada día. Porque no es malo preguntarse sobre el destino del mundo; pero es mejor preguntarse sobre el compromiso de cada día mientras estamos en él, pues, puede ocurrir que estemos tan preocupados con el futuro que dejemos de ocuparnos del presente y no es bueno eludir las responsabilidades de hoy con el pretexto de los sucesos de mañana. A veces se ha acusado a la religión de esto y no sin razón. Pero creo que no se puede formular esta acusación contra el Evangelio donde las cosas están de sobra claras.

   Cuando Jesús hablaba del Reino de Dios y decía que ya estaba aquí, no se refería a una utopía inalcanzable, sino a una meta hacia la que caminar. El Reino de Dios es el reinado de su voluntad en los corazones y esa voluntad es siempre el bien y lo mejor para la humanidad. Esto no es sólo asunto de futuro. Es exigencia del presente.